Los ejes ordenadores para este segmento temporal guardan continuidad con los impulsos sintetizadores del primer año de la gestión Morales. La marcha hacia el pacífico continúa gestionándose en dos direcciones: 1- la consolidación de un área de paz liberal en la región limítrofe con Chile, evidenciada en una nutrida y simbólica agenda bilateral, respaldada por coyunturas favorables y la gestión Insulza en la OEA; y 2- el incremento de los vínculos con las potencias asiáticas emergentes -China e India- y Japón, como medio de superación las ligaduras históricas de dependencia regional, intentando generar nuevos lazos de interdependencia, en los que, sin embargo, podrían estar potencialmente contenidas nuevas redes de dependencia. Esta marcha hacia el pacífico, representa el síntoma más claro del quiebre con el eje tradicional Estados-Unidos-Brasil-G7 (G8), a pesar del cual, la densidad de los vínculos preexistentes determinan la inercia agendas bilaterales, dominadas por la APTDEA, los remanentes de las concesiones mineras, las inversiones brasileñas de Petrobras y Braskem -presentes y futuras- y la cooperación agro-productiva. Todos estos elementos emergentes, atados a la rentabilidad –rentabilidad originaria/andina- y la sustentabilidad material del estado boliviano, encuentran su contrapartida ideológica, en la activa "diplomacia de los pueblos" y la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA), instancias capitalizadoras de legitimidad pero carentes de sustentabilidad material, situación claramente evidenciable en las últimas reclamaciones bolivianas ante las trabas puestas al ingreso de sus productos al mercado venezolano, ambos partes en el Tratado de Comercio de los Pueblos (TCP).